Adolfo de la Huerta, Il tenore de Guaymas





Héctor Apolinar Dossier Politico

Dia de publicación: 2015-10-26


El sonorense, Adolfo de la Huerta, es más conocido en Sonora, y en México, como combatiente revolucionario, gobernador de Sonora, presidente de la república, secretario de hacienda, oficial mayor de la secretaría de Gobernación, entre otros cargos, que como músico, cantante de ópera y superdotado maestro de canto de personalidades del mundo de la música, como Enrico Caruso, el hijo del tenor por antonomasia, del mismo nombre, cuya fama es universal.

Ha sido el historiador Pedro Castro, quien ha tenido el gran acierto de desenterrar y reconstruir esa extraordinaria faceta de De la Huerta, y darla a conocer al público mexicano.

Pedro Castro ha estudiado diversos periodos y personajes de la Revolución Mexicana, y se ha detenido especialmente en Adolfo de la Huerta. Sobre él ya publicó  varios ensayos, y el libro, “Adolfo de la Huerta. La integridad como arma de la Revolución” (1) Fue probablemente en ese proceso que descubrió la fase artística de De la Huerta, la que desarrolló siendo un niño, gracias al ejemplo de su madre, quien lo inclinó al estudio de música, primero, del violín y, poco después, al canto.

Seguramente a Castro un descubrimiento lo llevó a otro, sobretodo, al conocer el libro, “Adolfo de la Huerta, el desconocido”, así como otros escritos de Roberto Guzmán Esparza, quien fuera secretario particular de Adolfo de la Huerta, durante su exilio en Estados Unidos, que se inició en marzo de 1924.

En su extenso artículo, “Adolfo de la Huerta, un político en el canto”(2), Castro nos narra que el joven De la Huerta, cantaba zarzuelas, operetas y algunos papeles de ópera en su natal Guaymas, que en su calidad de puerto importante a principios del siglo 20, recibía visitas de algunos cantantes o compañías artísticas que se dirigían a San Francisco, California.

Poco después, el joven estudió contabilidad y canto en la ciudad de México, en donde entró en contacto con la juventud política que aquellos años, que expresaba su descontento con el gobierno de Porfirio Díaz, aunque Castro no nos informa con quién tomaba clases de canto.

A su regreso a Sonora se sumó al movimiento de Francisco I. Madero y, después de su asesinato, colaboró directamente con Venustiano Carranza, quien, en ese entonces, había instalado sus cuarteles generales en Hermosillo.

En el año 1917,  después del triunfo sobre Victoriano Huerta, Carranza nombró a De la Huerta, cónsul general de México en Nueva York, con el fin de que apoyara  delicadas negociaciones oficiales con el gobierno norteamericano.

De la Huerta aprovechó su estancia en la ciudad para contactarse con el mundo de la ópera, en especial, con escuelas de canto. Fue así como conoció a Karl Breneman, quien era maestro de destacados cantantes de ópera.

De la Huerta tomó clases con él, al mismo tiempo que desempeñaba sus labores diplomáticas. Precisamente con él se adentró, a fondo, en la técnica vocal.

Además,  en el estudio de Breneman, fue donde De la Huerta conoció al famosísimo cantante, Enrico Caruso, padre.

Castro comenta que una vez que lo escuchó cantar, Caruso dijo que De la Huerta sería su sucesor en el mundo del canto.

Desafortunadamente la profecía de Caruso no se llegó a cumplir debido a que De la Huerta optó por la política y las tareas de gobierno, abandonando el canto.

Sin embargo, en 1919, De la Huerta promovió que Caruso se presentara en la Ciudad de México, y mantuvo con él una relación que duró mucho tiempo.

En 1920, una vez que el presidente Carranza fue derrotado y asesinado por Obregón y Plutarco Elías Calles, De la Huerta fue nombrado presidente interino por seis meses.

Entre otras muchas cosas que logró en bien del país desde el gobierno, de la Huerta promovió, junto con Breneman, que jóvenes  valores del canto fuesen a tomar cursos de canto al extranjero.

Durante la presidencia de Álvaro Obregón, De la Huerta fungió como secretario de hacienda (1920-23), desde donde continuó apoyando el canto, asistiendo a presentaciones de ópera y promoviendo a jóvenes talentos para que estudiaran fuera del país.

Algunos lo criticaron porque supuestamente se distraía de sus “altas responsabilidades”.

El año de 1923 fue decisivo en la vida de De la Huerta, ya que se decidía quién sería el candidato a la presidencia de la república, para suceder a Obregón en el cargo.

De la Huerta era uno de los que “sonaba” con más fuerza, pero,  al parecer, no quiso serlo, por lo que Obregón se inclinó por Calles. Esa versión no está plenamente confirmada. Hay otra que dice que Obregón ya se había decidido por Calles, descartando a De la Huerta.

Sin embargo, la postulación de Calles causó una fuerte oposición en las filas de los revolucionarios, quienes consideraban  la candidatura una imposición  de Obregón; éste se mantuvo en su decisión y el pleito llegó a las armas.

A finales de 1923, numerosos generales, encabezados por de la Huerta se levantaron en armas, pero meses después fueron derrotados-

De la Huerta huyó a de Estados Unidos, por Tabasco, pues su vida corría peligro, y a partir de entonces dio inició otra etapa en su vida. En los primeros años de su exilio, fue perseguido por Calles y el FBI, debido a su actividades anticallistas, aunque después de estiras y aflojas con el gobierno de EU, lo dejaron en paz. Fue entonces que montó un estudio de canto en Los Ángeles, California, con un enorme éxito.

Tomaron clases con De la Huerta numerosos cantantes de ópera y actores de Hollywood, como: Eva Grippon, de la Ópera de París, Elfrieda Wynne, de la Compañía Imperial de Viena,  el famoso cantante español, Andrés Perelló de Segurola, compañero de Caruso, en numerosas óperas, el tenor Luis Ibarguen,  el propio Roberto Guzmán, entre otros.

La contribución de Adolfo de la Huerta al mundo del canto fue enorme, como podemos ver.

Por ello, y por su encomiable trabajo como funcionario público, es justo reconocer a De la Huerta como el más culto y humanista de los gobernantes mexicanos que surgieron de lo que se ha dado en llamar la revolución mexicana.

 

 Notas:

1.     Cfr. Adolfo dela Huerta. La integridad como arma de la revolución, UAM/Siglo XXI editores, 1988.

2.     Memoria de las revoluciones en México, No. 5, otoño de 2009. RGM medios.


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