De cómo, finalmente, el cadáver de Maximiliano regresó a tierra austriaca



En las horas previas a su fusilamiento, el archiduque de Habsurgo dispuso que su cuerpo fuese entregado a su médico, el doctor Samuel Basch y a un diplomático, el prusiano barón Von Magnus. Pero el general Mariano Escobedo designó a los médicos Rivadeneyra y Licea, con los resultados desastrosos que ya conocemos. El gobierno juarista tuvo que rehacer todo el procedimiento.

Tomado de: Bertha Hernández / crónica

Dia de publicación: 2018-11-04


El médico Vicente Licea estaba metido en serios problemas en la segunda mitad de 1867. No sólo era responsable de un muy fallido embalsamamiento del cadáver del príncipe austriaco, sino que además, cometió numerosas imprudencias, muy mal vistas por el gobierno mexicano: permitió, por ejemplo, que el fotógrafo François Aubert realizara diversas tomas de los ropajes ensangrentados de Maximiliano.

A poco, esas imágenes, convertidas en tarjetas postales, andaban circulando como si fuesen reliquias de un mártir, pues así consideraban sus partidarios al archiduque ejecutado. La levita que llevaba puesto el emperador, con las huellas de los tiros recibidos —una levita prestada, por cierto— , el chaleco, la banda y cuanta prenda pudo fotografiar Aubert, se convirtieron en un éxito comercial. Aparentemente, Aubert le vendió los originales a un sujeto apellidado Pereire, que tuvo la ocurrencia, de muy dudoso gusto, de imprimir las imágenes en tarjetas enmarcadas, como si fueran naipes. Eso sí, se vendieron por montones.

A la célebre princesa de Salm Salm, que había intentado por diversos medios conseguir el indulto de Maximiliano, Licea le ofreció, por la nada despreciable suma de 15 mil pesos —una pequeña fortuna— la mascarilla mortuoria que había hecho del rostro del emperador muerto. A la hora de la hora, Licea no pudo hacer su esperado negocio, porque no fueron pocas las voces que lo denunciaron por andar comerciando con las pertenencias de Maximiliano.

En tanto en la ciudad de México, Sebastián Lerdo de Tejada, ministro de Relaciones Exteriores y mano derecha de Juárez, armaba la estrategia para salvar el cadáver de Maximiliano de la descomposición ­definitiva.

EMPIEZAN LAS NEGOCIACIONES… FRACASADAS. El mismo día en que Maximiliano fue fusilado, el barón Lago, encargado de negocios de la ­legación austrohúngara, solicitó el cadáver del archiduque para repatriarlo a Europa. La respuesta, casi inmediata, y firmada por el ministro Lerdo de Tejada fue negativa, alegando “motivos graves”. Lago era un sujeto poco apreciado en México, prepotente y majadero, cuyos malos modos eran conocidos bien por todo Querétaro. Sabedor que el diálogo con Lago no podía sino llevar al fracaso, el representante prusiano, Antón Von Magnus, intervino.

Von Magnus, que no tenía mala relación con Lerdo, viajó hasta San Luis Potosí, donde se encontraba el gobierno republicano. Y aunque fue bien recibido y le admitieron un documento mucho más diplomático que el seco telegrama enviado por Lago, la respuesta fue también negativa. Igual suerte corrió un tercer documento en el mismo sentido, escrito por el doctor Basch. El gobierno mexicano siguió pensando que lo mejor era que Maximiliano se quedara a dormir la eternidad en tierra mexicana.

POLÍTICA, A FIN DE CUENTAS. Finalmente, Juárez y Lerdo cambiaron de parecer. Sabían que la decisión de fusilar a Maximiliano había sido muy criticada en grupos importantes de Europa y de Estados Unidos. Lerdo dio instrucciones: el cuerpo sería devuelto a la corona austrohúngara “si se pide de un modo regular y conveniente”, es decir, si se presentaba una petición formal, de Estado a Estado.

En el asunto se jugaba algo más que el destino de los despojos de Maximiliano. Si se daba esta solicitud oficial, en los hechos, Austria-Hungría estaría reconociendo al gobierno republicano y liberal de México.

Eran mediados de septiembre cuando Sebastián Lerdo encargó a un equipo médico un dictamen acerca del estado del cadáver embalsamado de Maximiliano. El documento mostró una realidad lamentable: el deterioro del cuerpo hacía indispensable volverlo a embalsamar, pues no era cosa de devolver al archiduque en tan malas condiciones; sería visto ya no como un asunto de política, sino de evidente mala fe, aunque se debiera al descuido y a la incompetencia del doctor Licea. Y como no tenían mucho tiempo, pusieron manos a la obra.

EL SEGUNDO EMBALSAMAMIENTO. Se eligió, para realizar el segundo embalsamamiento, la capilla del hospital de San Andrés, en la calle de Tacuba. Los procedimientos fueron radicalmente distintos a los realizados en Querétaro. Para drenar el cuerpo de todo lo que le había inyectado Licea, se le colgó, para que, por mera gravedad, se eliminaran las sustancias. Los nuevos encargados del asunto decidieron que iban a recurrir a una “vía seca” que hacía necesario el drenado. Las maledicencias que nunca faltan aseguraron que el gesto tenía más de simbólico que técnico, pero más bien se trataba de resolver el problema.

En presencia del inspector general de Policía, Faustino Adama, el equipo médico procedió al nuevo embalsamamiento. La tradición afirma que uno de los médicos se contaminó con las sustancias que habían drenado del cuerpo del archiduque, muriendo poco después a consecuencia de ello. Sacaron las vísceras de Maximiliano de los recipientes de plomo donde los había puesto Licea, y los devolvieron a su lugar. Todo el proceso fue narrado en un largo y detallado informe, que, a la larga, le serviría al gobierno mexicano para combatir los chismes, que afirmaban que algunas partes del cadáver habían sido vendidas; Licea no había llegado a tanto.

Volver a embalsamar a Maximiliano le costó al gobierno 12 mil pesos, entre honorarios de médicos, sustancias químicas, los elementos con los que —¡Ah, artificio!— los embalsamadores intentaron devolverle a Maximiliano un aspecto decoroso —la relación de materiales incluye barniz, pinturas y paja para rellenar—, la fabricación de tres ataúdes —uno de madera, otro de palo de rosa y otro de zinc— y las nuevas vestiduras para el cadáver del archiduque. Meticulosos, los médicos hicieron su cálculo de horas. Drenado y limpieza aparte, embalsamar al emperador fallecido tomó 70 horas a lo largo de 9 días.

En tanto, la petición formal, que no oficial, llegó a México. El reconocimiento diplomático de Austria-Hungría llegaría hasta 1901. En Veracruz, a finales de 1867, atracaba la fragata Novara, la misma que llevara al archiduque a México, tres años antes. La nave, al mando del almirante ­Te­getthoff recibió, por fin, el cadáver, que viajó con guardia de honor, transporte decoroso, y constante supervisión e informe telegráfico del traslado en cada etapa.

A bordo, se colocó el triple ataúd en un camarote grande, y así cruzó el mar, con dos velas encendidas permanentemente y un centinela constante. Era el 5 de octubre de 1867 cuando Maximiliano de Habsburgo, archiduque de Austria-Hungría, fallido emperador de México, dejó estas ­tierras para siempre.


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