Economía criminal-Economía negra, el camino correcto





Abrahám García Ibarra Voces del Periodista

Dia de publicación: 2018-10-11


Artículo 134 (CPEUM): Los recursos económicos de que dispongan los servidores del Estado, se administrarán con eficiencia, eficacia, economía, transparencia y honradez para satisfacer los objetivos a los que estén destinados. Lo mandata la Constitución, no lo dice este escribidor.

El 1 de diciembre próximo, ¿con qué recursos económicos arrancará la próxima gestión presidencial? Es pregunta que se carcajea a mandíbula batiente.

Con lo que se ahorre en el combate a la corrupción, ha dicho Andrés Manuel López Obrador, se podrán financiar diversos compromisos de campaña.

La Secretaría de Hacienda en gestación para el próximo sexenio, ha anunciado acciones sobre fondos y fideicomisos que gestionan recursos públicos.

Los barriles sin fondo ni fondos de los fondos públicos

Qué más da cuántos de esos entes son, ¿200, 300? La mano negra remite su contabilidad  a la noche de los tiempos. Ni la Auditoría Superior de la Federación es apta para seguirles la lodosa huella, por más que David Colmenares Páramo no es un improvisado en el oficio de inquisidor-

Arrancamos el tema con un término: Contingencia, sólo para asociarlo a un proceso propio de la discrecionalidad administrativa, invariablemente concesión política y económica al jefe del Ejecutivo federal.

Por “contingencia” se entiende eventos imprevistos. En la era neoliberal, todo lo “imprevisto”, es absolutamente previsible, si tal fuera la voluntad de los tecnócratas. Misión imposible.

Verbigracia: A partir de 1997, deuda contingente  con cargo a deudores desobligados (Fobaproa), fue convertida en deuda pública.

¿Dónde quedó el producto de las privatizaciones?

Ejercicio memorioso infaltable: Carlos Salinas de Gortari proclamó un fondo de contingencia formado con los recursos generados por la privatización de entidades productivas del Estado y, sobre todo, los de la “desincorporación” de los bancos, bienes públicos entonces.

Si mal no recordamos, ese fondo quedaría bajo la responsabilidad del Banco de México.

Alguna vez, por allá, en la Meseta del Nayar, Salinas de Gortari declaró que los activos de ese fondo se aplicarían a rescatar de la marginación a los indígenas; los más pobres entre los pobres de México.

Luego, a partir del espejismo petrolero, se empezó a hablar del fondo de contingencia petrolera, referido a la inestabilidad de los precios del crudo en el mercado internacional. Ahora se pagan onerosos seguros para blindar las finanzas públicas contra  esos vaivenes.

Es práctica común de los tecnócratas hacendistas, disponer de esos fondos de contingencia para tratar de equilibrar el déficit fiscal y sufragar los servicios de la deuda pública: La externa, obviamente, se paga en dólares.

El que no falta es el fondo para previsiones salariales

Lo que es un éxito, año tras año, es el fondo de contingencia para previsiones salariales de la obesa e improductiva burocracia del Estado, renglón que está en el casillero del gasto corriente, que absorbe 60 por ciento del Presupuesto de Egresos de la Federación, contra el 3 por ciento del PIB en inversión productiva en infraestructura y servicios.

Aquí hacemos una parada: En el periodo populista, los buenos mexicanos, que acusaban al Estado de ser mal administrador y corrupto, exigían al gobierno restringir su gasto público. Los tecnócratas neoliberales cedieron al mandato.

Paralelamente, apareció la convicción de que la economía mexicana no se levantaría de la lona si no se reactiva el mercado interno. ¿Cómo activarlo, sin ingreso-poder adquisitivo de la clase trabajadora, sujeta a topes salariales? Ni con el buen fin, invento de este sexenio.

Se impuso la paradoja: El mercado interno no reacciona por la falta de ingreso del trabajador y del empleado, y de capacidad de consumo; pero si se mejora la prestación, se dispara la inflación. Con inflación se impone un impuesto a la pobreza. ¿No hay salida?

La varita mágica, en la mano invisible del mercado

La llave de salida, ¡Señores! la tiene la mano invisible del mercado. Esta mano peluda obligó al gobierno a lanzar la Cruzada Nacional contra el Hambre; una política humillante, en vez de ofrecerle a los compatriotas empleo y un salario remunerador y digno.

El gasto del Estado es una condición sine qua non para remontar los ciclos de depresión económica, como la monstruosa y devastadora de 1929. El Presidente Roosevelt, para sacar a sus gobernados de la postración, no lo pensó dos veces para aplicar la Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero.

Pero, desde el cuarto oscuro de los tecnoburócratas nativos, John Maynar Keynes es un maldito populista. Nadie como el maese Milton Friedman. Él si sabe cómo hacerlo: Simplemente, abolir la lucha de clases y mandar al diablo la Justicia Social.

Ahora tenemos a más 30 millones de mexicanos en edad productiva como rehenes de la economía negra y a 80 millones fluctuantes entre la pobreza “moderada” y la miseria.

Desde que Washington impuso en 1993 a los lacayos tecnócratas mexicanos el Tratado de Libre Comercio, anunciamos que, rendida la soberanía nacional, tendríamos una sociedad de servidumbre al servicio de la economía estadunidense.

El TLCAN ha sido liquidado. Tenemos ahora un venenoso placebo. Seguimos por el camino correcto. ¡Y aléguenle al ampáyer! Es cuanto.


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