Tijuana y las reacciones frente a la caravana migrante: una crisis humanitaria en el tapón de una botella





Juan Antonio Del Monte Madrigal/


Dia de publicación: 2018-12-03


La xenofobia y el racismo le estallaron en la cara a Tijuana con la llegada de la caravana migrante a la ciudad. En todos los medios internacionales las noticias fueron las muestras de repudio por parte de grupos antiinmigrantes de esta urbe. Por supuesto, esto no es generalizable y, frente a ellos, también salieron a relucir los ya conocidos colectivos solidarios haciendo contrapeso. En una ciudad donde la mitad de su población está conformada por migrantes de primera o segunda generación, estos enfrentamientos se antojan inverosímiles y contradictorios. Los miedos que genera la caravana migrante en su mayoría son producto de la desinformación o de la reducción de la híper complejidad del problema; sin embargo, estos temores existen y se manifiestan en las calles. Ensayo aquí unas primeras claves para ir pensando el asunto con ánimos de concordia.

Fotos de Karen Márquez, utilizadas bajo su permiso.

Un primer punto a considerar es que la caravana de migrantes deja de serlo en el momento en que ha llegado a Tijuana. Una vez aquí se convierte en un estancamiento de migrantes. Mientras en otras ciudades del país los centroamericanos van de paso con rumbo al norte, al llegar a esta urbe se topan con una frontera ultra reforzada con elementos militares —situación excepcional recordada por última vez el 11 de septiembre de 2001— que impide irremediablemente su camino al norte. Más al oeste sólo está el Océano Pacífico. Todo indica que los migrantes que llegan se van a quedar por más tiempo del presupuestado –sea que esperen el proceso de asilo o que simplemente estén en busca de trabajo digno en esta ciudad–. Tijuana es el tapón de la botella en el flujo de la caminata migrante. Las múltiples y encontradas reacciones de la población tijuanense responden en primer lugar a esa situación.

Las expresiones de rechazo hacia el foráneo no son novedosas en la ciudad: como botón de muestra —entre otras— queda el ochentero “haz patria, mata a un chilango”, surgido en las secuelas por el sismo del 85. Aunque, la situación coyuntural ha ayudado a enaltecerlas. Tijuana no ha sido una ciudad tranquila en los últimos años. En 2017 y 2018 se han roto los récords históricos de homicidios registrados en esta ciudad. La poca legitimidad del ayuntamiento local no tiene parangón. De alguna manera, en combinación con la pésima gestión del gobierno federal sobre el problema migrante actual, existe la sensación de un gobierno ausente que ha colaborado a generar un clima de incertidumbre.

La “horda de desconocidos” que viene desde fuera —aquellos que, por cierto, no son ejemplo del ‘buen migrante’ sumiso y abnegado, sino recios y respondones— son el rostro perfecto que incardina las incertidumbres cotidianas. El clima social es adecuado para generar la quimera de que la vida en la ciudad estaría mejor sin los migrantes: vienen a quitar los trabajos, comenzarán a delinquir, los accesos a servicios sociales y de salud se verán sobresaturados. Una ciudad de migrantes rechaza a los migrantes. Vale la pena asomarse a algunos elementos históricos de este proceso migratorio y pensar en las novedades que estimulan estos temores.

La caravana migrante es un tema sumamente complejo que tiene dimensiones trasnacionales y que, al llegar a Tijuana, se reduce a problemas y soluciones locales. El éxodo de centroamericanos ha sido generado por una confluencia de situaciones históricas y coyunturales que se anclan hasta la segunda mitad del siglo XX: guerras civiles, fenómenos naturales, histórica depredación de grandes corporaciones trasnacionales, violencias locales, fracaso de los ajustes estructurales incentivados por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, golpes de Estado avalados por países que sostienen a dichas instituciones de crédito internacional, etcétera.

A pesar de que se plantea como una amenaza nueva por aquellos que rechazan la presencia de los migrantes, lo cierto es que los flujos migratorios de centroamericanos a través de nuestro país tienen una historia bien documentada. La movilidad poblacional en cuestión se da dentro de un circuito migratorio que por lo menos tiene 20 años de existir —donde anualmente se han contado a cientos de miles atravesando nuestro país—. En México los inmigrantes ascienden a no más del 1% de la población y la caravana migrante, en ese sentido, representaría aproximadamente sólo el 1 o 2% de ese movimiento migratorio.1

No obstante, esta marcha migrante sí tiene un componente novedoso: su híper visibilidad debido a la nueva estrategia migratoria de ir juntos en caravana. Para no ser detectados por las autoridades o violentados a su paso por el territorio nacional —como ha sido documentado por asociaciones civiles y organismos internacionales desde mucho tiempo atrás—, las migraciones centroamericanas solían ocultarse; pero en esta ocasión han decidido que la cosa sería distinta. Agrupados en contingentes numerosos avanzan con la mira puesta en cruzar hacia Estados Unidos.

A pesar de esta estrategia, la marcha queda atrapada al llegar a Tijuana. La situación se resiente especialmente en la frontera, ahí donde se agudizan las relaciones asimétricas de poder entre países, ahí donde se atora el éxodo de estas personas y donde la olla hierve a fuego lento con el estancamiento de la caravana. La dimensión global de la situación se ha reconducido hacia una problemática local donde, entre otras cosas, enfrenta a diferentes sectores sociales de la ciudad. Como si el embrollo no fuera suficiente, habría que pensar en la diversidad de actores e intereses involucrados en la caravana, incluido nada menos que el presidente de Estados Unidos quien ha puesto el fuego en alto con el viejo truco de la amenaza migrante, convirtiendo a Tijuana en un polvorín de conflictos sociales.2

¿Cómo enfrentar esta situación como ciudad y como país? Me parece que un primer punto es redefinir los términos de la discusión. Más allá de los intereses detrás de la existencia de esta caravana o de los conflictos al interior de la misma, hay una cosa cierta que no hay forma de eludir ni de ponerlo en cuestión: estamos frente a los efectos de una crisis humanitaria. Cualquier intento por llamarlo invasión o amenaza extranjera no sólo es una irresponsabilidad en términos de derechos humanos sino producto de la desinformación y de temores exacerbados por discursos reaccionarios y reduccionistas —como los del presidente norteamericano o el presidente municipal de Tijuana—.

Mónica, una migrante hondureña recién llegada a Tijuana, soltó el testimonio más brutal la mañana del lunes pasado durante una rueda de prensa: “venimos amenazadas de muerte, aquí está la prueba, a mi hermano lo asesinaron ayer”, mientras nos mostraba una foto de su hermano sangrando en el suelo. Ella y otros centroamericanos dejaron claro que vienen huyendo de las violencias, buscando cruzar a Estados Unidos para pedir asilo y en busca de un trabajo digno que no encuentran en sus países.

Basta internarse unos momentos a la precarización visible en el albergue provisional de la Zona Norte en Tijuana para entenderlo: cientos de rostros hastiados, cuerpos amontonados y cansados, recostados bajo las gradas de una cancha de béisbol, entre los pasillos de la unidad deportiva, sobre el cemento trazado para jugar basquetbol. Toldos improvisados con sábanas, colchonetas sucias, ropa secándose en el aire frío del ocaso otoñal. Si bien los números no son claros, la cifra preliminar que investigadores sobre el tema ofrecieron es contundente: hasta el día martes 20 de noviembre, en el albergue había más de 2,600 personas, 550 de los cuales eran infantes. Otro contingente se aproximaba a la altura de Mexicali con alrededor de 1,500 integrantes. Se estiman en 9 mil personas transitando en bloque por el país.3 La mayor parte de ellos van a toparse con pared al llegar a esta ciudad fronteriza. Nos encontramos entonces frente a una crisis humanitaria producto de un éxodo migratorio.

Lo que se ha puesto en jaque estos días es la coexistencia en una ciudad que ha crecido y prosperado debido a los migrantes que han encontrado en ella su lugar de desarrollo. Lo cierto es que la situación sería menos explosiva si se asume la característica histórica de la ciudad: Tijuana es una ciudad de migrantes. Con un poco de voluntad política y articulación entre instancias estatales y organismos de la sociedad civil es posible generar esquemas de diagnóstico y canalización que asuman que buena parte de estas personas aquí se van a quedar. Es bien sabido que el precio a pagar es menor si se deja de reaccionar a la emergencia y se reconducen los esquemas de atención de la población migrante a la par de los de la población local. Sí, la ciudad tiene muchos problemas, pero hay que sumárselos porque ya están aquí. La ciudad tiene capacidad para contenerlo: empleos hay, ideas para adecuar los mecanismos de ayuda también, existe una mayoría de la sociedad civil interesada en ayudar. Lo que hace falta es voluntad política con una visión humanitaria para ejecutarlo. Todos en Tijuana estamos preocupados por esto, la invitación al diálogo está hecha.


Estudiante del doctorado en Ciencia Social con especialidad en Sociología en El Colegio de México.



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