Jesús García Corona, Héroe de la Humanidad (1883-1907)





Roberto Fleischer Haro/


Dia de publicación: 2018-11-07


Jesús García Corona, el inmortal maquinista de Nacozari, nació en la ciudad de Hermosillo, Capital del Estado de Sonora el día 13 de noviembre de 1883 en una humilde casita que había en un prado del parque Madero, cerca del lugar donde la gratitud del pueblo la ha erguido un suntuoso monumento.

Fueron sus progenitores, don Francisco García, natural de Horcasitas y doña Rosa Corona de García, dos hermosos botones de la floresta popular.

Nuestro heroico trabajador del riel tuvo cuatro hermanas y tres hermanos, todos de muy simpática apariencia, con la dignidad del que labora en bien de los demás, Trinidad, Ángela, Artemisa, Rosa, Francisco, Manuel y Miguel.

Tres hermanas de Jesús se casaron con norteamericanos, excepto una que se casó con un mexicano de excelentes dotes morales. Miguel García falleció en la Colorada; Trinidad falleció en los Ángeles, Cal., Artemisa y Angelita Vivian en la Ciudad de Yuma; Rosa García en el Ajo, Ariz., rodeada de los suyos.

Manuel García estuvo presente cuando se trasladaron las cenizas del héroe, el año de 1919,

al monumento erigido en Nacozarí; Francisco García fue Mayordoma Divisionario en las minas de Pilares durante cincuenta años: el 16 de julio de 1948 cruzó para siempre el dintel de la Eternidad, con el rango majestuoso de un sacro fulgor que se desvanece.

El niño Jesús García era casi blanco, erguido, arrogante atrayente con el raro don de decir algo y amenizar la reunión.

Siendo niño jugó en el Parque Madero y fue a ver las crecientes del rio de Sonora, mecido por el aura sublime del deber.

El año de 1880 concurrió por primera vez a la escuela del maestro López y Sierra donde fue muy querido de sus maestros y compañeros, el lis de la educación perfumaba su camino. Doña Rosita procuró para su hijo compañeros de buen fondo moral que hicieran con él el recorrido de la escuela.

Los padres de Jesús eran pobres y se trasladaron a la Colorada en busca de una situación más próspera, donde nuestro futuro maquinista volvió entrar a la escuela.

El héroe volvía estar de pie. En este lugar era el compañero de su padre en horas de asueto a quien ayudaba en tareas fáciles haciéndole, a la vez numerosas preguntas sobre el

funcionamiento de la fragua, del fuelle y de las encendidas chispas, que cruzaban el aire, que le parecían reflejos de una sinfonía misteriosa.

El año de 1894 la familia de García se trasladó al risueño pueblo de Batuc, donde permanecieron cerca de siete años dedicados al trabajo y al grato conocimiento de aquellas buenas gentes y los hermosos contornos del feliz poblado, que abrió el regazo para recibir al genio.

Jesús concurrió a la escuela oficial y en ella conoció al maestro Almendariz y a numerosos amiguitos que lo llevaron a las huertas, a las moliendas de caña, a los paseos, a las fiestas de Tepupa y San Pedro, a los encumbrados cerros y, sobre todo a bañarse en las cristalinas aguas del rio, donde bebió la rica savia de la vitalidad.

Aprendió al lado de su padre a templar la punta de una barra, a sacarle rosca a un tornillo, a medir una llanta para que entrara como era debido cuando se trataba de ajustar la rueda de alguna carreta del pueblo.

Aquello era una escuela con genialidades espontáneas.

Nadie tenía la mano tan ágil como el futuro maquinista, ni la frente orlada de revuelto pelo, tan bañada de sudor; sus miradas puras y serenas comenzaron a ver a ciertas jóvenes de

faz risueña que lo saludaban con atrayente simpatía.

El amor agitaba sus blancas alas.

En la escuela terminó el Cuarto Año de estudios y regresó muy contento a su casa mostrando un certificado lleno de buenas calificaciones. Había llegado a la cima del saber que entonces se daba a nuestra juventud.

Era el grado más alto que circundaba la frente angélica del genio.

El Prof. Almendariz, maestro de Jesús, lo elogiaba diciendo que era rápido en matemáticas y que en Lengua Nacional sabía distinguir las partes de la oración y construir cláusulas compuestas.

Un día, dijo el profesor: “Explicaba algo yo sobre los héroes que se habían sacrificado por darnos una patria libre, cuando Jesús se levantó de su asiento y exclamó emocionado”: “¡Maestro!, ¡Maestro!, yo también quisiera ser un héroe.”

La inspiración venia cargada con sabrosos racimos. “Lo serás, Jesús, si eres bueno y valiente, contesté yo a mi vez, con profunda emoción”.

La familia de García pensaba trasladarse a Cananea; pero después de pensarlo seriamente

optaron por Nacozarí, lugar también muy sano y de excelente porvenir.

Iban por el camino de Suaqui, cuando Jesús se subió a una pequeña altura y desde ella divisando a Batuc, quien sabría sí por última vez, dijo: ¡Adiós, Batuc!“Guarda mis recuerdos, que yo también guardaré los tuyos”.

El amor se quedó en Batuc con las alas plegadas. Después de un largo viaje, llegaron a Placercitos el año de 1901, visitando casi enseguida la naciente población y dicen quienes le estrecharon la mano por primera vez que Jesús estaba muy contento de haber escogido a Nacozarí como lugar de residencia.

Era el alba de un nuevo día, la que alumbraba su camino.

Fue a ver el ferrocarril de Pilares, que ya tenía algún tiempo de estar trabajando y nos cuentan algunos de sus familiares que le causaron muy buena impresión aquellas pequeñas locomotoras de 375 toneladas arrastrando 15 o 20 carros de mineral.

El aliento de aquel poema hecho fierro lo seducía.

Ese mismo día hablo Jesús con el Mayordomo General y le explicó que acababa de llegar con su familia, que sabía algo de herrería y de

mecánica y que ya podía manejar una máquina, que no fuera muy complicada.

El Jefe vio a García con dura insistencia y por toda contestación le dijo: “Ven mañana”.

Al día siguiente, grande fue la desilusión de nuestro futuro héroe, cuando en vez de ponerlo a trabajar en los talleres, o como maneador de algún tren, le entregaron un pico y una pala para que abriera una brecha con otros trabajadores.

El destino, a veces, presenta la copa plena de amargura.

Sin embargo, supo sobreponerse a sus primeras impresiones y poco a poco fue ganando la buena voluntad de sus Jefes; se asimiló los métodos americanos de trabajo y no pasó mucho tiempo antes de que sustituyera al fogonero que había estado enfermo.

Unos meses después el futuro maquinista ya ejercía el oficio de maneador, o garrotero y en poco tiempo aprendió a manejar la locomotora con más cuidado y celoso empeño que el verdadero maquinista un americano de apellido Toby.

El oro fluido de su pensamiento se cristalizó en azul como las turquesas. Un día le dijeron: “Jesús, te vas al Porvenir a traer un tren; el maquinista está enfermo.

Jesús tomó su puesto, puso en él toda su inteligencia y su buena voluntad y nunca había llegado un tren a Nacozarí en tan corto tiempo, ni tan cuidadosamente manejado.

Era un encanto lírico pleno de voluntad y de dominio. García se sintió maquinista desde un principio sin otra preocupación que la de los burros atravesados sobre la vía, con alguna carga de leña, y la mirada de un querube que lo esperaba en Pilares, con la faz sonriente.

El año de 1907 The Moctezuma Copper Co. Premió con un paseo a E. U. a ciertos trabajadores distinguidos y entre ellos Jesús era uno de los principales.

¿A dónde los llevan muchachos? Vamos a la Exposición de San Luis Missouri. Quince días después volvieron encantados de tan maravilloso viaje.

Decía García, que lo habían examinado para que manejara una enorme locomotora y a una señal dada la parara en menor tiempo posible, utilizando frenos de aire, logrando obtener una calificación muy favorable, superior a la de otros maquinistas viejos, cargados ya de experiencia.

Jesús era mexicano, y como tal, penetró con valor a un horizonte difícil conducido de la mano por el Ángel de la dicha.

El patio del ferrocarril de Nacozarí tenía el año de 1907 cinco o seis edificios principales, un polvorín en el cerro próximo con más de 7,000 cápsulas y mucha dinamita.

El fatídico 7 de noviembre de 1907 se formó el tren frente a los almacenes compuesto de 15 góndolas abiertas y dos más con 12 toneladas de dinamita en seguida de la locomotora.

Encima de los explosivos fueron colocadas pacas de zacate, algo seco, y encima tomaron asiento unos músicos con varias personas que iban a Pilares gratuitamente.

El volcán sacudía su melena…La locomotora arrojaba humo y chispas y la visión de los viajeros no era perfecta.

Cuando ya iban a salir alguien indicó que salía humo por entre la dinamita.

El cráter asomó su faz siniestra. Jesús y el fogonero se dirigieron al lugar del peligro y trataron de apagar la lumbre que había en las cajas del terrible explosivo; pero como vieron que ya no era posible dominar el incendio se retiraron corriendo lo mismo que otras personas, diciendo Jesús a los viajeros: “Bájense”.

Nadie hizo caso de aquella orden pensando, los que la oyeron, que no los querían llevar.

El peligro llegaba embozado, con perfiles trágicos. Jesús, en ese instante supremo, tuvo una idea luminosa como una estrella: Huir y escapar con vida, o morir al intentar llevar lejos el tren, evitando la destrucción del pueblo. No vaciló un solo instante.

El deber se agitó a su lado y lo condujo de la mano.

Saltó sobre la locomotora, empuñó la palanca, dio vapor y se puso en camino rápido como el viento.

Al llegar frente al puente volado, se bajó el fogonero José Romero para hacer el cambio de vía y Jesús dijo: “QUEDATE; yo voy a correr mi suerte”.

Se agigantaba en el regazo del sacrificio. Continuo la maquina cuesta arriba a todo vapor y un poco antes de llegar al SEIS se oyó el estruendo apocalíptico de la terrible y espantosa explosión.

Se levantó a las altas regiones del Cielo enorme columna de humo, volaron parte de la locomotora, ruedas, fierros, peñascos, maderas y entre el confuso torbellino de aquel espantoso suceso, los trozos ensangrentados, de los infelices viajeros.

El holocausto pavoroso abría sus fauces inmoladoras. Eran las dos de la tarde, la madre de Jesús y su hermana Rosita salieron a la calle enloquecida por el dolor y gritando: ¡Jesús ha muerto! ¡Jesús ha muerto! ¡Hijo de mi alma! La angustia lanzaba su voz, en profunda aflicción.

La lluvia de piedras, maderas y fierros caían aún a respetables distancias. Las gentes corrían diciendo que se trataba de un temblor y otros que iba a volar el polvorín.

La duda pone esas oscilaciones en el alma popular. De aquella tragedia indescriptible, sólo el Dante puede atar sus hilos pavorosos.

Don Pepe Terán, el Comisario, cuando se presentó a dar auxilio acompañado de algunas personas encontró el zacate ardiendo, la maquina deshecha y a Jesús con las entrañas abiertas y la palanca asida con la diestra rodeado de doce muertos y unos diez heridos, que gemían desconsoladamente.

Aquel drama sangriento no tenía paralelo en los anales del Nordeste de Sonora. La desolación ocasionada por un cataclismo no hubiera sido tan tremenda.

Tomado del libro Agua Prieta y su Geología.

Roberto Fleischer Haro

Miembro de la IV generación de egresados de la Escuela de Policía del Estado de Sonora.

Registro Nacional de Seguridad Pública FEHR440205H26223583 de fecha 12/19/2000


Este contenido ha sido publicado originalmente por Dossierpolitico.com en la siguiente dirección: http://www.dossierpolitico.com/vernoticias.php?artid=211472 Si está; pensando en usarlo, debe considerar que está protegido por la Ley. Si lo cita, diga la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. Dossier Politico

Comentarios



Aún no existen comentarios

Sé el primero en comentar ésta nota

Comentar nota



Su correo electrónico no será publicado.
Son obligatorios los campos marcados con: *


Jesús García Corona, Héroe de la Humanidad (1883-1907)
" />